Relatos

Avísame cuando Pepe publica

domingo, 15 de mayo de 2016

La Ventana

Todos los días solía ir directo hacia el Ayuntamiento. Andaba por las callejuelas del pueblo y sabía que, si se cruzaba con Anselmo “el aguador” eran las ocho de la mañana, y que llegaría puntual. El Anselmo no fallaba. Decía el Maestro del pueblo, Don Alberto, que los relojes había que ajustarlos a la hora en la que el Anselmo cerraba el portón de su casa y salía con la borrica hacía el río.

Aquél día era diferente. Manuel decidió dar una vuelta larga y perderse por la peña alta, bajar hacia la vereda del río y luego… pero sumido en sus propios pensamientos, se encontró sorprendido ante la misma puerta del ayuntamiento. Era la inercia de todos los días, aquella misma que había querido evitar. Le había conducido allí la condición de Manuel de Alcalde del pueblo.

Levantó la mirada y se cruzó con la de dos que ya le esperaban en la puerta: Celestino, el teniente de Alcalde y Juan el alguacil. Aunque más que alguacil, el Juan era el encargado (a todos los efectos) del ayuntamiento y la voz que avisaba de lo que podía venir:

“Señor Alcalde, Angelines la del Julián dice que el lavadero no libera agua con rapidez y se atasca. A ver si va a ser de la mata que se acumula en el aliviadero del manantial”

O también:

“Las conejas del Urbino han roto la cerca y se han comido las zanahorias del huerto del Pedro, el palmero. Ya sabe usted como se las gasta el Pedro, que ese es de los que da careo levo en mano”

…y así. Juan más que Alguacil era un seguro, una alarma temprana que permitía tener la respuesta preparada en el momento perfecto. Algo esencial para el Alcalde de un pueblo de no más de mil quinientas almas. Pues eso era sobre todo un Alcalde, un mediador. De eso sabía un rato su mujer. Manuel sabía al casarse con Angelines, que lo hacía con una mujer de la montaña que, a su buen ojo como hija y nieta de montaraces cazadores, unía una tradición de dos generaciones de Alcaldes y servidores públicos.


Por eso le habló con gran seguridad cuando le propusieron para Alcalde:

“Manuel, no sé si serás mejor o peor Alcalde. Sé lo que sé, y sé que no harás tonterías. Y eso es importante para una persona que se dedica a mediar entre las personas, y saber la diferencia entre los que necesitan algo o ansían algo”

Fue la misma expresión que ella puso la noche anterior, cuando Manuel le contó que tenían arrestado en la cárcel del ayuntamiento a Don Ginés Montero. Habían recibido una orden del tribunal provincial que acusaba a Don Ginés de haber quebrantado la Ley de Orden Público y, según indicaba el documento:

“se procedía a la intervención de sus propiedades y puesta a disposición judicial con el fin de responder ante la autoridad pública por insultos y desagravios hacia el gobierno de la República”

Los insultos eran verdad. Lo que no indicaba la nota es que estos se habían producido cuando el comité del partido provincial intentó ocupar parcialmente la finca de la que era dueño, y donde este los recibió con la escopeta en ristre.  Ahora, con la excusa de haber insultado al gobierno y haber violado el apartado el apartado V del artículo 1º de la Ley de Defensa de la República, requisaban todas sus propiedades y le ponían a disposición judicial.

Don Ginés era una persona parca en palabras, pero de mirada recta y sostenida, con argumentos que no necesitaban matizaciones. Ese argumento, de un solo cañón y ánima lisa, fue el que esgrimió contra la partida que había venido a requisar sus propiedades… o parte de ellas. Aunque para Don Ginés no había “partes”. La tierra es una y acoge a todos por igual.

“¿Saben las perdices de mojones y cercas? –solía decir el montaraz Don Ginés-  “Los límites los pone la naturaleza y Dios que está el cielo. Son el día y la noche, el invierno y el verano, el frío y el calor. Los límites de los hombres, los ponen ellos, pero no quedan escritos para siempre”

El grupo que venía a requisar sus propiedades llegó en dos camiones que hubieron de frenar al encontrar a Don Ginés de pie, en mitad del camino de tierra a cuyos lados había dos lomas cubiertas de vegetación baja y pinos. De los camiones se apearon cuatro guardias de asalto que, con poca convicción entregaron una orden de requisa de las propiedades, con el fin de colectivizar la producción. Los guardias venían espoleados por dos miembros del partido que vestían caros chaquetones de cuero, cubiertos por correajes lustrosos y bien cuidados, y brazaletes de color rojo con los símbolos del campo y la industria.


A estos no les gustó cuando don Ginés, alzando la mano en la que portaba una hoz de verdad, les espetó con serenidad y firmeza:

“Tenéis la poca vergüenza de venir a reclamar mi tierra, en la que nací y en la que seré enterrado. Y encima lo hacéis luciendo un emblema con una herramienta que seguro ni sabéis usar. Aquí tenéis una, y con ella pienso rebanaros el paso de las lentejas como deis un paso más”. 
Uno de los matones que venían dio un paso adelante con ademán agresivo, pero fue contenido por el secretario judicial, que con mirada de experiencia le dijo:

“Como te acerques a un metro, te darán plomo. A los dos lados del camino están seguro sus hijos emboscados, y aciertan a un torcaz entre ojo y ojo en pleno vuelo”

La cosa no llegó a mayores salvo intercambio de adjetivos y recuerdos a la madre de uno y otro.

Los emisarios de la ciudad prometieron volver, aunque lo hicieron en diferido, pues enviaron por delante una escuadra de guardias de asalto que dejaron a Don Ginés al recaudo Juan el alguacil y Celestino el Teniente de Alcalde.

Estos ahora miraban con preocupación al Alcalde, que evitaba sus mismas miradas con una mezcla de ansiedad mientras esperaban que los comisarios políticos vinieran de la ciudad para reclamar su pieza. Todos sabían que una vez el grupo marchara por la carretera hacia la ciudad, era difícil saber lo que ocurriría por el camino.

El Alcalde miró Juan, y le preguntó:

“¿Ha desayunado Don Ginés?”

Juan se sobresaltó al ser extraído de lo más profundo de sus pensamientos, pero respondió con premura:

“Sí claro. Pero ya sabe usted lo frugal que es. Un chusco de pan y una cebolla. Me ha dado las gracias y se ha vuelto a sentar al lado de la ventana”
 “¿Sabes si ha pasado frío durante la noche”? – preguntó Manolo “Anoche le llevé dos mantas, una que trajo su señora y otra que le he prestado yo”

Manolo respondió con viveza “desde luego, ha hecho muchísimo frio”

Los otros dos escucharon aquello con alivio, y no dejaron pasar la oportunidad de iniciar una conversación que les llevara lo más lejos posible de aquella situación embarazosa.

“Si. Mi señora me ha estado mandando toda la noche a rellenar el brasero con brasas porque estaba muerta de frio” – dijo Celestino.

Juan, rápido y mordaz como siempre, le respondió: “a ver si lo que quiere es que te quedes a dormir con la borrica. Me han dicho que recolocas las tejas de tu casas cada dos semanas por los ronquidos”.

Los tres reían la ocurrencia, cuando uno de los chavales que jugaban en la plaza, entró rápido en el Ayuntamiento chillando:

“Señor Alcalde, Celes, los de la ciudad han subido ya la pendiente. Vienen muchos y con muchas banderas”
 
Los tres se miraron con sorpresa contenida y salieron hacia la puerta. En ese momento entraron tres camiones Zis de esos rusos, que se oían a kilómetros. De él saltaron milicianos así como los dos responsables del partido, que tuvieron la disputa con Don Ginés. Uno de ellos se había puesto unos lentes que le hacían parecerse a las fotos que habían visto en el almanaque, un ruso con nombre raro, lentes pequeñas, perilla y bigote y expresión de enfado.

Se acercó a ellos y les espetó con fuerza para que se oyera en toda la plaza:

“Buenos días camaradas. Gracias por guardarnos el paquete. Ahora, en nombre de la autoridad competente, me haré cargo de este enemigo del pueblo. Lo llevaremos para que sea la justicia popular la que decida su destino y le haga pagar por sus delitos”

Con un guiño se dirigió a Manuel y le confesó: “aunque claro, el que más se va a ver beneficiado es el pueblo, que podrá disfrutar ahora y sacar provecho de las tierras de este parásito social”.

Manuel no sabía que decir. Los mítines que solía dar eran de cercanía: arreglaremos el arcén en la pendiente de la marga, ya sabemos que es donde se rompen los ejes de los carros …o tendremos que cambiar las escobillas para el generador eléctrico. Lo de estos chicos exaltados era política de altos vuelos. Para estos una plaga eran dos derechistas reunidos, para él era una nube de langostas si el calor adelantaba.

“Procedamos a llevarnos al camarada reaccionario” dijo el comisario político recalcando la palabra “camarada”.

Marcharon hacia el interior del Ayuntamiento, a la celda habilitada para sacar a Don Ginés, quedando fuera Manuel con los milicianos y el secretario judicial, al que se dirigió:

“¿Tiene usted la documentación para firmar la entrega?” preguntó Manuel. “Aquí esta y puede usted firmarla que así llevamos eso adelantado” le dijo el secretario.

Con mágica rapidez Manuel sacó la estilográfica que su sabia mujer había puesto en el bolsillo de su chaqueta. Posaron los papeles sobre la mesa y firmó la entrega con celeridad. Momento en que unos gritos se escucharon desde el fondo del Ayuntamiento. Del pasillo que llegaba al fondo, donde estaba la celda que guardaba a Don Ginés, venía la comitiva con el comisario de los lentes muy enfadado, prorrumpiendo juramentos e imprecaciones y agitando en una mano el naranjero que llevaba.

“¡¡¡Esto es sedición. Sedición o peor… TRAICIÓN!!! Con todas las palabras. Esto no va a quedar así. Alguien se tiene que hacer responsable….”

Rojo de furia se dirigió amenazante a Manuel con el índice en ristre, que le hizo retroceder:

 “usted… usted es el responsable de esto. Seguro. No son más que lacayos del amo. Nada más que gusanos que se arrastran agradecidos de las migajas que les deja el señor de la tierra”.

Manuel se volvió con tranquilidad a Juan y Celestino: “¿Me queréis explicar que ha pasado?”

Juan, con torpeza le respondió: “Señor Alcalde, Don Ginés ha escapado por la ventana de la celda…”

Manuel puso los ojos en blanco: “Pero…. ¿cómo que se ha escapado por la ventana?”

Juan respondió: “Sí ¿no se acuerda que había uno de los barrotes de madera que había perdido la junta con el muro y se había quedado un poco suelto? Pues se ve que Don Ginés solo, o con ayuda de alguien (que también puede ser) ha quitado el barrote y dos más. Eso le ha dejado hueco para sacar el cuerpo por la ventana. Eso sí, no se ha llevado ninguna de las mantas que le dejamos para que durmiera…”

Manuel le interrumpió chillando: “¡¡¡NO PUEDO CREERLO. NO DOY CREDITO!!! Nos hemos comprometido con estos camaradas a que les entregaríamos al Señor Montero, y hemos faltado a nuestra palabra Juan. ¡Y ya sabes que la palabra de este Alcalde es sagrada. La hemos dado y debemos cumplirla”

Celestino salió en defensa de Juan: “Mire señor Alcalde que un fallo lo tiene cualquiera….”

Manuel se volvió furioso: “¡¡¡UN FALLO LO TIENE CUALQUIERA!!! Nos jugamos mucho en esta guerra. MUCHO. No podemos dejar que nuestros camaradas que han hecho el esfuerzo de venir, se vayan con las manos vacías. Pondremos todo nuestro esfuerzo para capturar a este desalmado”

En ese momento Manuel cogió un cenicero que lanzó contra una puerta haciendo saltar los cristales, lo que sorprendió al grupo.

Se volvió al comisario y con firmeza le dijo:

“No sufra usted camarada. Nos pondremos a ello e intentaremos satisfacer su demanda. Esperamos que en unos dos o tres días podamos notificarle que hemos conseguido el objetivo. Ha sido una terrible negligencia por parte de esta corporación municipal que no volverá a suceder. Nuestro compromiso con el gobierno de la República y la transformación social que esta lleva a cabo, es rotundo y sincero. Esta es una lucha y un compromiso de todos y cada uno de los que estamos aquí. En cuanto usted se marche, iremos a la propiedad de este malnacido y le apresaremos… si todavía esta allí”

El comisario le miró con gesto de satisfacción y se dirigió al secretario del juzgado: “Espero que así sea. Huele a derrotismo y hay muchas sospechas sobre la laxitud de los Ayuntamientos de la zona con los reaccionarios. Pues nada. Con las mismas recogemos y nos vamos. Ya vendremos cuando tengan a la pieza”.

Salieron todos por la puerta del Ayuntamiento donde se encontraban algunas mujeres del pueblo. Subieron a sus vehículos salvo el secretario del juzgado que se volvió a Manuel, en voz baja y con un gesto de complicidad:

“Querido Alcalde, he notado muchos camarada en cada frase. Sobre actuado, pero bien. Y estos de la ciudad se van tan contentos. Un recuerdo a Don Ginés”

Manuel se volvió al Secretario: “No sé que insinúa”

El Secretario le miró de hito en hito: “yo tampoco” – respondió.

Se dio la vuelta y subió a uno de los camiones.

Marcharon  a velocidad dejando tras de sí una nube de polvo.

Manuel quedó mirando el cortejo que subía por la plaza hasta que pasaron muchos minutos.

Juan y Celestino salieron por la puerta del Ayuntamiento quedando a la altura de Manuel. Los tres con una mirada perdida al frente quedaron frente al horizonte, con ojos inexpresivos pero cargados de significado y Juan añadió:
 “Señor Alcalde, no sabe lo que ha costado empujar a Don Ginés por la ventana. Se le ha quedado el chaleco enganchado, pero menos mal que estaban sus hijos al otro lado para tirar de él”
Manuel se volvió y miró a Juan. Este le devolvió la mirada, y continuó:

“Por cierto, me ha dicho que necesita diez brazos para la siega. Vamos a 60/40 como siempre. Luego habrá que recoger el esparto. Como él se va a emboscar en la sierra se quedará su hijo Claudio. Que nos entendamos con él que no hay problema”

“Gracias Juan. Falta nos hace en el pueblo trabajo para unos cuantos.” – dijo Manuel cambiando de tema – “que no se te olvide Celes, guardar la copia de la entrega en el registro”

Celestino respondió “Pero ¿por qué voy a meterla en registro si no lo hemos entregado?”

“Por eso Celes, por eso” – dijo Manuel.




sábado, 23 de enero de 2016

La Opción B

Faustino (Tino para los amigos) entró en el parking del hospital a primera hora de la mañana con el fin de llevar a cabo la misión que su esposa le había encomendado. Más que “encomendado” le había conminado una tarea delicada que requería de su habilidad y astucia… o más bien de su tiempo, pues él libraba hoy del trabajo, en vísperas de Navidad. Cosa curiosa que justo ese día no lo tenían libre ninguno de sus tres cuñados ni cuñadas, ni nadie del circulo familiar.

Con paso firme se acercó al mostrador correspondiente y allí preguntó:
"Buenos días"
"Buenos días"
"Soy Faustino Martínez y vengo a recoger el miembro de mi suegra Doña María Hernandez" 
La misión en sí no era compleja. Acercarse al hospital y recoger el miembro amputado de su suegra. Posteriormente debía entregar la extremidad a los encargados del cementerio, que la conservarían hasta darle oportuna sepultura en el menor plazo de tiempo posible.

La extremidad debió ser separada del cuerpo del que formó parte, debido a las varices y otros achaques de la edad, que motivaron que se gangrenara. Ello llevó al ingreso de Doña María en urgencias con el fin de que la gangrena no se extendiera. 

El Doctor a cargo de la operación, de forma lacónica y expresión de estar leyendo un aburrido documento, les informó de la necesidad de llevar a cabo la operación en el menor plazo de tiempo. Su cuñado Ricardo, entre cuyos dones no estaba el de la oportunidad, respondió el informe del doctor con un:
“Pues ya que estamos, la podríamos lobotomizar”
La pierna de Ricardo se resintió los días siguientes tras la patada de Mari Paz (su mujer). También lo hizo su espalda, resentida por la incomodidad del sofá… “puto IKEA” pensaba el pobre Ricardo todas las mañanas tras despertar.

La operación transcurrió sin problemas y la espera se hizo corta. Todavía más cuando Faustino y su cuñado Ricardo, fueron a tomárselas a la cantina del hospital. Allí encontraron a un viejo amigo común, enfermero, que les informó del procedimiento habitual con los miembros amputados:

“Podéis, opción A, incinerarlo. Esto es lo que suele hacer la gente habitualmente. Opción B, os lo lleváis y lo enterráis. Para esto debes pedir un permiso y trasladar la pierna al cementerio. No hace falta que lo haga una funeraria. Allí lo enterrarán en el nicho si queréis... para luego juntarlo con el resto cuando sea menester”

Ricardo su cuñado, con su chispa habitual, salió al quite:

“¡Vamos no jodas! ¿Encima voy a enterrar a mi suegra por fascículos? Barbacoa y punto. Nos quedamos con la opción A" 

Faustino esperaba paciente en la recepción del hospital y pensaba con amargura como al final SIEMPRE era la puñetera opción B. De camino de vuelta a la habitación lo hablaron:

“Ni se te ocurra decir nada Ricardo. Lo incineramos y punto. No me hagas la 13/14 y larges porque la liamos. Se entrega para incinerar... repite conmigo: IN-CI-NE-RAR”

Esa misma noche parecía tranquila hasta que la campanita del Wassap de su mujer saltó, y esta leyó el mensaje de su hermana, con lo que Ricardo le había confesado. Faustino no daba crédito. Llamó con urgencia a su cuñado, pero ya era tarde y la puñetera opción B ya estaba señalada como la mejor. Su mujer entre aspavientos y argumentos hiperbólicos trufados de adjetivos indicó: 

“¿Cómo quieres que le diga que no a mi madre? Es una pobre señora viuda y solitaria. ¿Quieres que le niegue el deseo de que una parte de ella descanse al lado de su marido? ¿Cómo puedes tener tan poco corazón? ¿Qué me encargue yo? Pues como siempre… entre lavadora y lavadora, mientras paso la aspiradora. ¡NO ESTOY CHILLANDO NI AGITADA, SOLO PRETENDO RAZONAR CONTIGO!”

Desde el fondo del pasillo se acercaba un enfermero empujando un carrito. Sobre este descansaba una pieza de gran tamaño y cuyo contorno parecía ser el de una pierna casi completa. Recubierta por un plástico amarillo, estaba bien empaquetada. Hizo el ademán de coger la extremidad, pero el enfermero le ofreció amablemente:

“Ojo que pesa. Si quiere le acompaño al parking”

Así lo hicieron. Entre ambos introdujeron la pierna en el maletero del coche con un respetuoso silencio, cerrándolo posteriormente tras apartar la sombrilla de playa y un par de regalos de los que habían adelantado para navidad. Arrancó el coche y conforme salía por la puerta del hospital sonó una llamada que respondió con el manos libres:

“Tino ¿me oyes? Soy Puri”
“¿Qué Puri? ¿La del otro de día del Puti?” contestó con una sonrisa sardónica.
“¿Serás imbécil? Soy Puri la de la central”
“¡Ja, ja, ja! Ya lo sé guapa. Era una broma”
“Pues menos chascarrillos que te quedas sin cestas de navidad”

Faustino se puso tenso.

“¿Cómo que sin cesta de navidad?”
“Sí. Que dice el jefazo que pases a recoger las cestas. Son varias porque tienes que coger la tuya, y la de tu cuñado que está fuera en un curro. Los del taller de Recambios Abril te ha dejado otra que no lleva paletilla sino jamón completo. El jefe dice que tienes media hora para recogerla porque hay que hacer sitio aquí para la mesa del becario”


Faustino intentó argumentar y ganar tiempo para depositar la pierna en casa de la suegra, pero fue imposible:

“Vale, estoy saliendo de una mandado. En veinte minutos estoy allí”
“Hasta luego puticlú” respondió Puri con una sonrisa mordaz de final.

Faustino llegó a la empresa y allí esperaban tres cestas de navidad. En realidad eran dos cajas de cartón medianas, una más grande a la que había que añadir dos paletillas de jamón y una pata entera. Como pudo las acercó al maletero del coche, lo abrió y depositó todos los productos, mirando de lado y con recelo la pierna de su suegra. En el momento de cerrar el maletero, notó un fuerte golpe por la espalda que sonó por todo el parking de la empresa.

Se volvió asustado y vio la cara a uno de sus mejores amigos: Juanmi.

“Pero que maricón. Por fin te dejas caer por aquí so cabrón. ¿Porqué no respondes a los mensajes?”

Faustino le contó todo lo ocurrido con su suegra, omitiendo el último episodio de la extremidad que llevaba en el coche. Hizo ademán de marcharse, cuando Juanmi le espetó:

“Los cojones te vas. Te vienes a tomarte un tercio que te debía so perro. Para una vez que apareces… el del bar se acaba de preparar una bandeja de torreznos más grande que un fin de semana con la suegra, y otra con unos langostinos de a kilo que he traído yo ¡venga majetón, vente!”

Para el bar marcharon mientras Faustino miraba por el rabillo del ojo su coche.

En el bar un tercio llevó al siguiente, luego fueron tres, cuatro… entremezclados todos con torreznos y una suma de aquellas cosas de colesterol que el hombre a desarrollado a partir de su mejor compañero: el cerdo. Tras los estadios diversos de exaltación de la amistad, insultos al clero y cantos regionales, Faustino decidió escabullirse por un lateral tras comprobar (con horror) que eran casi las siete de la tarde. Se subió a su coche rezando por el camino para no encontrar el habitual control de alcoholemia de las vacaciones. Arrancó y no había pasado mucho tiempo, cuando le saltó el piloto que indicaba la entrada en la reserva del depósito de combustible. Hizo sus cuentas mentales de lo que le quedaba por conducir y decidió parar en la gasolinera del Andrés. Salió del coche y tiró de la manguera del surtidor que acercó a la boca del depósito. 

En ese instante aparcó un coche que le sonaba familiar, del que bajó Nuria. ¡Dios mío, Nuria!. ¡Hacía dos años que no la veía! Recordaba que alegría le daba cuando el jefe le enviaba a comprar repuestos a los del desguace. En la recepción estaba ella: Nuria. Espléndida como siempre… y como se habían divertido los dos en las cenas de navidad. Aunque en una de ellas la cosa se desmandó. No es que ninguno se sintiera excesivamente culpable. Pero días después tuvo que justificar en casa el mensaje al Wassap… Le costó un mes superar la fase de Apocalipsis y total indiferencia, forzada claro. Luego fueron otros dos de restablecer puentes y recuperar las relaciones mediante gestos diversos, algunos de los cuales le dejaron la cuenta del banco tiritando. Su cuñado Ricardo se reía de él:

“Te habría sido más barato haber ido de pilinguis”  

Pero allí estaba, Nuria. Ella abrió mucho los ojos al verle, y se acercó con ese gesto tan suyo, acercando el pecho. Aunque ni falta le hacía dada abundancia y solidez orgullosa que mostraban.

“Tino ¡Que alegría verte!” le dijo acercándose.

Le abrazó, gesto que Faustino correspondió encantado, estimulado por las copas y celebraciones previas. No obstante, algo inesperado le hizo pasar dulce oso receptor, a huidiza cobra: su perfume.

Recordó como el fino olfato de su mujer había detectado esencias que no eran propias del conjunto, descuidado y algo desecho, de Faustino. Una vez detectados fueron el detonante de todo lo que aconteció después…. Junto con el bendito mensaje del Wassap. Víctima de la reacción posterior fueron un largo número de cosas, muchas de las cuales (para ser sincero) nunca echaría de menos:


  • El jarrón de porcelana de su madre, que les regaló tras su viaje a la Cartuja.
  • El arlequín que su hermana les había regalado con la lista de bodas. Habían sido dos arlequines en realidad, pero su hijo hizo justicia con uno de ellos, que tenía brillos dorados.
  • La escena de caza es cierto que no valía mucho, pero el marco sí. Eso le enfadó sobremanera.
  • La orla de la facultad.
  • El centro de mesa de cristal, que fue el que derribó la escena de caza con un impacto directo. El ciervo quedó irreconocible.
  • Quedaba para el final la cafetera Nespresso, cuyo impacto sobre la cabeza de Tino pareció apaciguar a su mujer.
Faustino saludó a Nuria, manteniendo con sus manos una distancia, que creía prudente, sobre los hombros de ella. Esta notó ese suave desdén, lo que le motivó más en su tendencia natural a medir sus opciones y ver hasta donde podía llegar. 

Suavemente acercó sus labios al oído de Faustino:

“Fíjate que coincidencia que justo nos veamos hoy. ¿Qué te parece si recordamos viejos tiempos?” dijo ella con un suave susurro.

Faustino se tensó cual arco de caza y le informó que estaba con prisa, y debía marchar cuanto antes para terminar las compras de navidad. No había terminado de decir la frase cuando Andrés, el sirviente de la gasolinera, se acercó y le dijo:

“Faustino ¿lleno el depósito?”

Faustino encontró la salida perfecta para cambiar de tema y le respondió:

“Si Andrés. Hazme el favor” volviéndose a Nuria y arrancando una conversación lo más banal posible.

“Entonces ¿dónde estas ahora tras dejar el trabajo del desguace?”

Nuria le siguió el juego pero aumentando la tensión con miradas directas al interfecto a los ojos y recorriendo sus hombros y cuello, con una sonrisa maliciosa:

“Me marché de allí porque, sabes, abrieron un concesionario cerca de mi casa. Por sueldo y encima con lo cerca que me pillaba… aunque tú ya sabes donde esta mi casa. Abierta esta para cuando la quieras” en ese momento rió abiertamente “me refiero a mi casa claro”.

Faustino había pasado de cobra a boxeador que entre los ojos tullidos busca el reloj que le de el tiempo. Sus pupilas dilatadas, los pasos hacia atrás, su sudoración excesiva, las miradas huidizas o el insistente tintineo de las llaves del coche en las manos de Faustino, confirmaban a Nuria lo nervios de este. 

En ese momento Andrés le gritó a Faustino:

“Tino, esto ya esta. ¿Lo cargo en cuenta?”

Faustino contestó aliviado:

“Si por favor, que tengo prisa” en ese momento se le encendió la bombilla “por cierto Andrés, cógete una de las paletillas que llevo en el maletero del coche, llévatela a casa y le hincas el cuchillo”.
“Gracias Tino ¿Te da igual la que coja?” respondió Andrés
“Claro que sí”

Nuria insistió viendo que la pieza se escapaba:

“Oye hermoso, que si te tienes que ir a casa no te preocupes… seguro que vas a mesa caliente, nunca como la mía claro”

Faustino se volvió algo irritado:

“Nuria, ya te llamo a vuelta de navidades y paso a verte por el concesionario. ¿Estas en repuestos?”
“Pues claro ¿dónde iba a estar?”

Este recordatorio de su trabajo hizo que Nuria desistiera y, con un casto beso en la mejilla, se despidió de él con un “pues ya sabes donde estoy… machote”.

Faustino observó el coche de Nuria alejarse con gran alivio, mientras entraba en el suyo.

Condujo hasta su casa, donde llegó en una bruma etílica que, mezclada con el subidón hormonal, se había convertido en una niebla de la que a tientas intentaba salir buscando la normalidad. 

Abrió la puerta de casa por la que entró con un “buenas noches cariño” que él mismo encontró excesivamente entonado de final. El oído de su mujer captó el matiz en apenas segundos a lo que ella respondió:

“Vienes muy feliz ¿no?”
“Claro cariño ¿cómo no?. Nos ha regalado tres cestas de navidad y…” 
“Oye Tino" interrumpió su mujer "habrás pasado por el cementerio a dejar aquello de mi madre ¿no?”
 El requerimiento dicho con gran firmeza recubierta de una fina capa de chocolate al 70% de Cacao de su mujer desde la cocina, paró sus pies  y su verbo en seco.

Faustino se dispuso a abrir la puerta de su casa de vuelta al garaje, tras coger las llaves que había dejado en el aparador de la entrada, junto al último arlequín que había sobrevivido a la furia de su mujer. Al salir hizo como que no la oía y gritó:
“Bajo un momento, que me he dejado una cosa en el coche”
La bajada de Faustino desde la puerta de su casa al parking, pasando por el ascensor y el pasillo de entrada, hubiera hecho saltar radares de velocidad de haber existido. Con alivio pulsó el botón de apertura del portón del maletero, que se abrió con un crujido de los muelles y mostrando las cajas de navidad dos paletillas y un jamón y… NO, no estaba.

En ese momento Faustino sintió como la sangre bajaba desde su cabeza a los pies, y huía de estos. Su cuerpo quería marcharse y dejar allí un espíritu que le había traicionado. Deseó fundirse con la tierra sobre la que pisaba y fluir hacia las cañerías, bajando violentamente por estas para terminar en el sistema de alcantarillado, camuflado entre heces, restos biológicos de todo tipo y condición, hasta llegar al mar. 

Por su mente pasó toda la tarde en fotografías hasta que una se fijó en su mente:

¡¡¡Andrés!!! – pensó

Con velocidad buscó su móvil para llamar a la estación de servicio, tras palpar con velocidad todo su cuerpo, se acordó de haberlo dejado encima de la mesa del comedor… allí donde hace unos años había habido un centro de cristal.

Con la misma velocidad hizo saltar radares de vuelta su piso, abrió la puerta y la expresión de su mujer no daba lugar a dudas. El teléfono en la mano, los ojos desorbitados, la tez que había perdido la color… gracias a dios la mano izquierda no tenía nada que pudiera en ese momento ser proyectable. 

Su mujer le miró de hito en hito y con voz entrecortada le preguntó:

“¿Dónde esta la pierna de mi madre?”

Faustino tragó saliva y apenas acertó a decir:

“Andrés… gasolinera… depósito… navidad… cestas”

Recogiendo velas, su mujer le adelantó el móvil que puso a unos centímetros de su cara:

“Pues tienes dos opciones: 
Opción Nº A: llamar al cuartel de la guardia civil, pues acaban de llamar que quieren hablar contigo de no se qué de una pata de jamón olvidada.
Opción Nº B: Ir por piernas a la estación de servicio. Ha llamado Andrés, pues iban a cortar la pata de jamón que le has regalado y han llevado al bar de la gasolinera. Han tenido que llamar al 112 para atender el ataque de nervios de Nieves la del bar y las dos cocineras. Además nadie quiere desclavar la pierna del jamonero”
Su mujer se acercó para darle el móvil, cuando su olfato detectó un elemento extraño en el olor habitual de polígono y bar de Faustino.

El brigada de la guardia civil observó el ojo a la funerala de Faustino mientras le hacía firmar el atestado, dejando caer un comentario cargado del sarcasmo producto de la experiencia:

“Le prometo que me encantaría saber como le va a contar esto a su mujer… aunque a juzgar por ese ojo creo que ya le ha adelantado algo de la información. En mi vida profesional había visto una cosa así …y mire que he visto cosas. Esto le deja pocas opciones…”

Faustino levantó la mirada que fijó en el rostro amigable del veterano brigada.

“¿Porqué siempre es la puñetera opción B?”
NOTA:

Inspirado en hechos reales